23 mayo 2007

La hora de la papa

“…Yo amo y dios de este universo ordeno la creación del nuevo gobierno de Cagliostro, mago y señor del Surrealismo para fin de amansar y mantener bajo el yugo a los ciegos incultos, irreverentes que caminan por este país sin calles de cemento, con caballos montados por simios con varas largas…Yo amo y señor de este universo ordeno el exilio para todos los reprimidos mentales, enfermos de odio y sedientos de envidia. Estos serán trasladados a las Islas Derroca, donde pasaran sus días haciendo hoyos en la tierra para encontrar agua, comerán exclusivamente sus suelas de zapatos y cuando estas háyanse acabado, sus carnes serán el mejor festín que podrán comer en su miseria.
Las putas, les ordeno que se hagan monjas, los curas pederastas. Ordeno libertad para los presos políticos, los indígenas se les entregaran la mitad de las tierras del país. De ahora se impartirá el mapudungun en todos los colegios, el ingles dejará de existir en las aulas de clase. Ahora cualquier movimiento de más de tres personas será sancionado con la muerte. Con la pica. Yo amo y dios de este universo, ordeno la desaparición de todas las instituciones públicas, se regirá por la ley de Talion, los más débiles irán presos por débiles, a los ricos se les quitará su patrimonio para ser entregado a la clase media. Los límites del país serán regidos por ordenanza mía y a mi gusto personal…la constitución…la consti…..la cons……la co.......la……….

”Gutiérrez despierte, es hora de la pastilla”

15 mayo 2007

Feliz día

A los que no entienden mucho de lo que pasa en el mundo
a los inocentes.
a los niños.




-¡Déjame hacerlo Papi! – dijo Manuel, que con sus pequeñas manitos movía la palanca que bajaba el féretro hacia la tierra.

Nadie de los presentes aguantó la imagen. Todos se quebraron. Manuel o Manolito, como le decía su mamá, no entendía muy bien la situación. El escenario era completamente nuevo para él, jamás había visto tanto gris y tantas esculturas en un lugar perfecto para jugar a la pelota.

- Papá, ¿por qué enterramos a la mamá, si se supone que debe subir al cielo?

- Es que no es este cielo que todos vemos hijo, es más arriba, en otro lugar. No es el cuerpo el que sube, es el alma.

- Ahh… sí, eso del alma me lo dijo el tío de la clase de religión. Todos tenemos una, ¿cierto papi?

-Sí hijo, todos tenemos una.

Samuel miraba como su mujer se iba dentro de una caja de madera, como se perdía todo lo que se había construido. Veinte años de matrimonio, doce felices, ocho luchando contra la enfermedad de Sarita. Un cáncer de mamas detectado a tiempo, una partícula que quedó dando vueltas por el cuerpo, la misma partícula que se ramificó y la terminó destruyendo lentamente.

-Papi, ¿por qué hay tantas esculturas en una cancha de fútbol tan grande?

- Hijo, esto es un cementerio, aquí se entierran los cuerpos de la gente cuando ya no tienen alma- Respondió Samuel con los ojos llorosos.

-Cuatro hijos me dejaste – pensó Samuel – que voy a hacer con ellos – se decía mientras el sacerdote daba las últimas palabras.

El vaho salía con más fuerza de la boca de cada uno de los presentes. Un paraguas se abrió entre la multitud. Luego fueron muchos que, como una danza de cuervos negros, se iba desplazando a la salida del cementerio.

A Manolito todos les daban besos, lo abrazaban y le daban dulces. Él aún no entendía el porqué, pero sí le hizo recordar el día viernes, mientras estaba en el colegio celebrando el Día de la Madre. Su presentación aún no comenzaba y escondido detrás del escenario trataba de encontrar a su mamá dentro del público. Estaba disfrazado de angelito, su pelo rubio combinaba perfectamente con el traje blanco, con su aureola dorada y sus pequeñas alas que había hecho con tanto trabajo Sarita.

De pronto una de las tías del Kinder apareció, lo abrazó y le dio un beso en la frente. Le dijo que su mamita no podría ir a la ceremonia, que se tenía que ir a la casa, que el papá lo estaba esperando afuera. Manolito miró al suelo, se sacó la aureola y en su mochila guardó el portarretratos hecho de tallarines.

10 mayo 2007

Té Para tres

Entrada la tarde, cuando todos apagan los computadores de las oficinas y cierran los cajones de sus escritorios y se aglomeran las personas como hormigas en azúcar en el metro, Roberto Lira la esperaba como de costumbre en el bar de Republica. Aquel era el lugar de encuentro. Sus trajes formales no se camuflaban con los desarreglados universitarios, de todas maneras nadie mayor de treinta años se atrevería a entrar a ese tugurio.

Roberto pidió lo de siempre, un whisky del más barato con dos hielos y para ella un vaso de Coca – Cola. Varias veces pensó en echarle algo al vaso para que ella se decidiera de alguna vez. Pero sólo se sentó al lado de la ventana que daba a la calle a esperar.

-Hola Roberto – dijo acelerada – no pensé que me demoraría tanto es que mi jefe…

-No te preocupes – respondió él – lo importante es que ya estás acá. Te pedí lo de siempre.

-Gracias, pero hoy no, quiero tomar algo más fuerte.

Llamó al mozo y le pidió un Bloody Mary, él muy gentil le respondió que no vendían tragos tan sofisticados. Entonces, pidió el whisky más caro – Con dos hielos porfavor, igual que él – agregó.

- Que rico verte, hay tantas cosas que tengo que decirte. Martín se va de viaje con los niños este fin de semana, a la casa de su mamá en Temuco. Me quedo completamente sola y pensaba….

- No, se acabó. Me aburrí de mentir.

- Pero no le mientes a nadie.

- Me aburrí de ser el hueón buena onda, la reunión de trabajo, la ida al gimnasio, el happy hour con tus amigas…me canse de ser la excusa.

- Martín yo creo que ya sospecha.

-Espérate un segundo, ¿todavía no le dices nada?, Andrea, por favor, llevamos más de un año así, encontrándonos donde mismo y tomando lo mismo de siempre, tú hablando de tus niños y yo hablándote de que mi casa se hace demasiado grande con el tiempo…que podrías perfectamente….

- Es que Roberto….entiéndeme, para mí no es fácil

- Para mi tampoco y por eso no entiendo porqué no le dices de una vez por todas a ese sinvergüenza que estás conmigo.

- Me da miedo…

- Le tienes miedo a la paliza…

- No es eso…es que….

-Estás confundida…

- No sé…

- Nunca sabes nada…

- Te amo – respondió ella.

- ¿Quieres otro whisky? – preguntó Roberto.

- No me salgai con otras hueás – respondió furiosa Andrea – no te das cuenta que lo arriesgo todo estando contigo.

- Pero aún así no quieres perder ni pan ni pedazo, arriesgas lo uno o lo otro, pero nunca pierdes…tú nunca pierdes.

Algo vibra en la mesa, es el teléfono de Andrea. Contesta.

- Aló…Señora Olguita, cuénteme, qué pasa…Cómo que no hay nada para la comida…Ingéniesela pues… Martín debió de haber llevado la mercadería… Cómo que no está… ¿le dijo algo?...Ya…déle la papa al Mati…ya…igual usted... Chao…

Dejó el celular en la mesa y pidió la cuenta al mozo. Tomó su cartera y miró algo desesperada. Esperaba que Roberto digiera algo. Silencio Incomodo. Andrea de pie lo miró con ojos de pena.

-Me tengo que ir – dijo Andrea.

-Ya me di cuenta – respondió Roberto – ¿nos veremos luego?

-Quien sabe…

-Tú nunca sabes nada…

- De eso sí estoy segura…

Andrea se dio media vuelta y bajó las escaleras. Un par de estudiantes ebrios se dieron vuelta para mirarle el trasero. Sonrieron. Ella no se percató.

Por la ventana Roberto vio un auto blanco estacionado frente al bar. Andrea caminó en esa dirección. Se bajó un hombre de mediana estatura, se saludaron de beso en la boca. Ella subió y el también. Estuvieron detenidos unos quince minutos. Luego, se encendió el motor y un fuerte ruido de neumáticos se sobrepuso a la bulla del lugar. Aceleró a fondo, pasó un semáforo en rojo y se perdió entre los árboles y la tenue oscuridad.

Roberto sonrió con maldad.

- Mozo…Un whisky del mismo con dos hielitos y un vaso de Coca - Cola por favor.

06 mayo 2007

Viaje espacial

No perdía nada intentándolo de nuevo, tomó su casco, su capa y entró al orificio que lo llevaría a la luna por un rato.

Suspendido en el aire y con los ojos bien cerrados, recordó las palabras de su padre.
El viento en la cara lo hizo volver al día en que sacó los tres mil pesos bajo el colchón y el bolso que llevaba mucho tiempo arreglado. El día en que Ricardo decidió irse de la casa.

Sentía la gravedad en su cuerpo, la red de contención se hacía más grande. Iba a caer.

El Mapocho esconde más cosas de las que parece, ahí habitan los NN y Ricardo era uno más. Pero él quería aplausos. Y los tuvo.
Se levantó de la red y abrió los ojos.

Silencio.

“Ya Richi, ese estuvo bueno, vamos otra vez”.

Bajó de la red y tocó la cicatriz que cruzaba toda su espalda y, en un circo vacío, una lágrima se camufló en el maquillaje del hombre bala.