22 mayo 2006

Bienvenida Realidad

Entre mugre, frustración y miedo viven los pobladores de Bernardo Leyton en Puente Alto, para estos residentes pasearse por las noches en sus barrios es algo seguro, pero cuando aparecen personas extrañas, todo se pone de color de hormiga.

Sebastián Fuentes

Vivimos en un mundo acelerado, el día a día y el consumismo masificado nos lleva a transformarnos en personas individualistas. Este no es el caso de la población Bernardo Leyton en Puente Alto. Todos los vecinos se conocen entre si, se cuidan las espaldas y en muchas ocasiones se ayudan cuando hay necesidades económicas. Ellos más que nadie conocen el valor de la solidaridad y saben perfectamente de delincuencia, drogas y la frustración de no poder cumplir sus sueños.
El lugar no está muy bien cuidado, contrasta fuertemente con toda la modernización que hay a cinco cuadras de la población. Metro, supermercados, casas en mejor estado, condominios cerrados y con guardias, son una de las cosas que la comunidad Layton desconoce. A su alrededor están las calles con hoyos y suciedad, las paredes pintadas con símbolos de barras, el alumbrado publico con sus luces rotas producto del vandalismo en que viven constantemente.
“El problema está en que los trabajadores no pueden ir a la población, puesto que se roban las herramientas y corren el riego de que los asalten”. Declara Jaime Garrido, Geógrafo de la Universidad de Chile, jefe de formulación de proyectos del SERPLAC de Puente Alto.
Por lo tanto que las cosas mejoren, están muy lejos de serlo. En el tema urbano es casi imposible un cambio radical como lo que planteó la presidenta Michelle Bachelet en su discurso del 21 de Mayo. Una de sus propuestas estaba en la construcción de “barrios amables” y “vecindarios acogedores”. Estos son muy complejos de construir si a las comunidades como Bernardo Leyton no se les informa y educa sobre estas nuevas propuestas.



Un tema de seguridad.

Entrar a la población Bernardo Layton es difícil. Más aún si no se conoce a nadie que sea residente de ella. Este era el detalle crucial que nosotros no conocíamos. Tener a alguien era fundamental para pasar desapercibidos dentro de la comunidad.
Debido a que todos se conocen, fue sencillo para los residentes darse cuenta que éramos extranjeros en sus territorios. Tras caminar un par de cuadras, vimos como los pobladores comenzaron a silbar de una manera muy peculiar, el sonido pareciera ser indicio de alerta. Puesto que todos los residentes salían de sus casas y miraban a las visitas.
Fue tanto el miedo que nos vimos obligados a entrar a un minimarket, para que las personas se tranquilizaran.

En el minimarket Loly, las dos personas que lo atendían, se asustaron. La sra. Elena Peña y don Luis Castro, de 60 y 67 años respectivamente, no entendían bien que era lo que pasaba. Le explicamos que estábamos ahí por una entrevista. Hasta carné y credencial de estudiante tuvimos que mostrar para que al fin pudieran acceder a conversar con nosotros. “Es por un tema de seguridad” afirmaban a dúo.

Según estos propietarios de casas tipo Copeva, que a la vez cumple la función de negocio con el cual pueden subsistir. Comentan que “aquí en la población no pasa nada, son los de otros sectores quienes echan a perder el lugar”, sin embargo tienen un promedio de tres asaltos por año, lo que es poco para el lugar en el que viven.
“Aquí todos nos ayudamos, si pasa algo, pegamos un puro grito y los vecinos salen al rescate”. En eso tenía razón la sra. Elena, mientras conversábamos, por afuera del negocio se paseaban personas y miraban al interior para asegurarse que todo estuviera bien, los chiflidos afuera no cesaban. El miedo era cada vez mayor y nos vimos obligados a retirarnos lo más rápido del negocio y de la población.

Este debe ser uno de los problemas más frecuentes del periodista, ellos poseen un prejuicio ya formado sobre lo que acontece en los lugares marginales y por este modo cuando van a terreno, muchas veces se impone el prejuicio ante la objetividad. Cuando fuimos a la población, no pasó nada, pero nos vimos forzados a retirarnos puesto que los mismos residentes impusieron una presión sobre nosotros. Ellos cuidan lo poco que tienen y siempre viven desconfiados de lo poco familiar. Aquí a pesar que la globalización en el sentido consumista y comercial no se ha impuesto completamente, aún así tienen ciertos indicios de estos, como su individualidad. Aunque a la vez contradictoria, puesto que entre ellos mismos son muy solidarios.

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