15 diciembre 2010

A Day in the Life

Estas últimas semanas han sido de locos. Muchísimo trabajo y en la Universidad para qué decir.

Ya egresé. Estoy a sólo 2 días para transformarme en ex alumno – ¡Ayúdame veranito de San Juan! – y a la espera que todo salga bien.

El domingo tuve mi primer “accidente”  laboral. Estaba reporteando camino al Melocotón, eso es por el Cajón del Maipo, cuando nos pegamos un pencazo con otro auto. Fue fuerte, gracias a Dios no me pasó nada, ni a mí ni al conductor del móvil, pero el auto en el que andaba no pudo contar la misma historia. Fue en fracción de segundos, choque por alcance, el rechinar del auto, los neumáticos quemándose y el ruido. No fue peor porque uso cinturón siempre.

Después de esperar en que me fuera a buscar otro auto para seguir trabajando y la notoria preocupación de mis jefes por el accidente - me gustó bastante esa preocupación por uno -  llegué al lugar de reporteo. La escena era escabrosa, un montañista que falleció mientras ascendía por una roca. Pero el paisaje era maravilloso. Nunca antes había llegado tan lejos en auto en dirección al Cajón del Maipo, yo siempre me preguntaba qué había más allá. Bueno, llegué más allá de lo que esperaba, estaba a no muchos kilómetros de Argentina y el paisaje era maravilloso. Por suerte alcancé a sacar fotos del lugar, para que quedara flasheado en la memoria.

Me urgió mucho el accidente, me hizo preguntarme algunas cosas. Luego, este martes una señora me vio cruzar la calle cerca de donde vivo y me dijo que tuviera cuidado en hacerlo, que ella una vez intentó cruzar y no se dio cuenta que la calle iba en una sola dirección y casi la atropellan. Yo haciéndome el loco lindo le respondía que claro, que había que tener cuidado. Pero su cara de angustia me acongojaba. Me dijo que tenía nietos maravillosos, que ninguno había decidido estudiar Periodismo, pero que le encantaría tener uno que lo hiciera. Me dijo que me cuidara, que la vida es muy corta y todo pasa muy rápido, que aprovechara el tiempo. Que me fijara cuando cruzara la calle, porque me podrían haber atropellado y esa imagen le recordaba a un nieto que falleció a los 17.

Ahí me di cuenta que era para rato.

Me quedé conversando con esta señora, que debe tener cerca de unos 75 años, me preguntó donde vivía y coincidimos en ser vecinos. Me contó que vivía en Providencia, pero se cambió a un lugar más tranquilo, que tenía muchos nietos. Que todos le salieron matemáticos, no como ella que fue abogada y que jubiló hacía 20 años atrás.

A todo esto estaba con una gripe asquerosa y la escuchaba medio afiebrado. Salí de mi casa, con la única finalidad de ir al banco, cobrar el cheque y poder pagar algunas cuentas.

La escuché con atención, con ternura. La sentí tan angustiada. Sé que crucé con toda la precaución, miré a los dos lados, no venían autos. Pero me quedé a y le di toda mi atención, como si fuera mi mamá quien me estuviera aconsejando, sentí que tenía el deber de hacerlo. Sentí lo que ella sintió. Ella tenía el deber de aconsejarme y yo de escuchar. Cuando ella sintió que lo había dicho todo, me sonrió. Le respondí la sonrisa con las mismas ganas. Me hizo un cariño en la nuca, como ese que siempre hacen las abuelas, y se fue.

Yo me quedé estático, la miré marcharse, con sus pasitos cortos, caminando lento, frágil, pero seguro. Cuando llegó el momento de cruzar, esperó. Esperó y esperó hasta que no viniera nada, ningún auto. Fue ahí cuando me pude ir, con más fiebre que antes por el sol, pero con más cuidado. Pensando en que debo mirar más veces antes de cruzar la calle.


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