28 mayo 2006
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Capitulo 5
Tenía que estar todo planeado, era el gran escape a lo Papillon. Recuerdo que mi abuelo me hablaba mucho de ese tipo, él se había arrancado de no se qué cárcel y todos los reos lo trataron como un Dios y los guardias no lo podían ni siquiera creer. Bueno, el cuento es que mi escape tendría que ser así. En la noche y lo más callado posible, aquí en el hospital militar está lleno de milicos así que es más complicado aún. Esto parece realmente una cárcel de alta seguridad.
Son las tres de la tarde. Hace ya una semana que me puedo parar para ir al baño, es tan molesto hacer pipí en esos patitos o como se llamen. Viene la enfermera – Que esta bien rica por cierto- y me asea, esta es la parte que más disfruto del hospital y la comida, que yo sepa a nadie le gusta, pero a mi la comida de enfermo me encanta. Una vez que la enfermera terminó de hacer todo su trabajo, me senté y le pregunté.
-Oye, ¿Te puedo pedir dos favores?
-Sí, dime no más. Contestó la enfermera con esas voces de operadoras fono puta.
-Me puedes decir dónde está mi ropa, quiero sacar algo de mi billetera. Respondí. La última parte era mentira, obvio, lo único que quería era sacar la ropa y largarme cuanto antes de aquí.
-En el clóset frente tuyo, si quieres lo dejo abierto para que puedas sacar tus cosas. Respondió con una sonrisa.
-Muchas gracias. Respondí. Mientras se paraba e iba al mueble, se agacho un poco para poder meter la llave que no coincidía con la chapa. En ese instante, supuse que esta enfermera no llevaba sostenes bajo el delantal, cuando se agachó pude ver casi como una imagen en detalle su par de atribuciones. Estaba vuelto loco.
-¿Y la otra pregunta Simón? Parece que se dio cuenta.
- Emmm… ¿Me queri dar tu número de teléfono? Tenía que preguntarle eso, estaba muy buena y esta oportunidad no se me podía resbalar de las manos. A estas alturas me daba lo mismo Andrea. De hecho la odiaba con toda mi alma, por su culpa estoy acá.
- Jajaja, qué patudo me salió el paciente, si tuvieras unos 5 años más podría dártelo. Pero no te preocupes, nos vamos a seguir viendo. Te queda por lo menos medio mes más aquí. Sonreía con una belleza que hacía que poco menos se iluminara por algo superior – Ahí está abierto el clóset, cualquier problema aprieta el botoncito de tu camilla. Añadió
La primera parte del plan estaba casi completa, no se puede siempre tener lo que uno quiere. No me sabía ni el nombre de la enfermera, pero me había abierto el clóset por lo menos. Me podría vestir y pasar desapercibido.
Son las diez de la noche y todo está tranquilo. Pesqué el teléfono y llamé a un radio taxi. A las 11 me estaría esperando en Av. Providencia con Holanda.
En esos momentos no sabía que hacer, tenía un montón de mangueritas conectadas a mi brazo y no podía salir con ellas a la calle. Me acordé que en casi todas las películas de hospitales y de tipos que se arrancan de lugares en los cuales están conectados con mangueras, se las tiran del brazo y estas salen altiro. Pesqué las cuatro mangueras de mi brazo derecho y las tiré con todas mis fuerzas.
– ¡¡¡Conchetumadreeee!!! Grite.
Sentí un dolor que jamás por mi cuerpo había pasado. Me aseguré que las agujas habían salido todas, estaban las cuatro chorreando líquidos raros mezclados con sangre. Cuando me di cuenta que había pegado un grito gutural y que seguramente todo el hospital lo había escuchado, en esos momentos el tiempo jugaba en mi contra.
De mi brazo chorreaba un hilito de sangre, pero lo podía mover bien. Fui al clóset y saqué los pantalones, estaban impeques, ni sangre ni nada, un poco rasgados en las rodillas porque los fierros del auto me los rompieron. Luego saque las Converse, no habían calcetines ni nada. Estaban manchadas con un poquito de sangre por el accidente. Me demoré un millón en ponérmelas, es más difícil, y más aún si uno está nervioso. Mi polera de Led Zeppelin era un gran manchón rojo. No me la podía poner, era muy obvio para la gente del exterior que me había pasado algo. Me quede con el pijama del hospital, que en realidad no cubrían nada y saqué mi abrigo negro.
Sentía que los doctores y el personal de turno comenzaba a correr por los pasillos, me asomé por la puerta y justo pasaron de largo, creyeron que había sido el abuelito de al lado.
Tomé un respiro y me puse a correr, me pasee por todos los pasillos del tercer piso. Había una recepción justo frente mío, al lado estaba la escalera y el ascensor. Me puse en punta y codos, me arrastré, el recepcionista no se dio cuenta. Llegué a la escalera y las bajé lo más rápido que pude. Una vez abajo, había un gran hall, donde a lo lejos estaba la puerta de entrada. La trate de abrir, pero no hubo caso. -Veinte para las once, es obvio que no iba a estar abierta. Pensé.
De pronto una iluminación se me vino a la cabeza - ¡Urgencias!
Corrí hasta urgencias, pasé por el pasillo hecho una bala. En esos lugares del hospital da lo mismo quien corre o no, total ahí todo el mundo anda acelerado.
Abrí las puertas de la entrada y me topé con los estacionamientos, respiré. Respiré el smog de Santiago y cierta sensación de soledad me inundó completamente. Miré al cielo y las estrellas me acompañaban, eran de esas noches heladas y estrelladas en las que solía caminar junto con Andrea. Su imagen en mi memoria aún no se borraba, a lo lejos sentía el pitar de los autos y el ruido de las micros al acelerar. El pasillo del hospital, a lo lejos corrían cinco personas en dirección a la salida, parecían preocupadas. ¡Chucha es a mí a quien buscan!
Salí del hospital y a mis espaldas me seguían unos guardias y cinco hombres de blanco. El radio taxi estaba esperando a las 11 en el lugar acordado. Abrí la puerta y me subí.
-¿Dónde lo llevo joven? Preguntó el chofer.
-¡Acelera weon, acelera!
23 mayo 2006

Ayer creí que podría ser un rockstar, hoy me di cuenta que no lo soy.
El año pasado una mujer me dio vuelta el mundo, hoy fui yo quien lo enderezó nuevamente.
Ayer mi mejor amigo hizo el amor, hoy me masturbe pensando en su novia.
Ayer tomé más de la cuenta, hoy la cuenta me la pasan con dolores de cabeza.
Ayer pensé que las cosas iban a cambiar, hoy no cambiaron y supongo que mañana tampoco lo harán.
Ayer quería ser escritor, hoy quiero escribir para que alguien me lea.
En el verano conocí más historias de las que podría imaginar, hoy no me acuerdo de ninguna para relatar.
En Marzo pensaba que nunca me pasaría nada malo, en Marzo me asaltaron y me golpearon.
Ayer pensé que nadie que estuviera a mi alrededor partiría al otro mundo, actualmente se han ido dos.
Ayer quise hacer una película, hoy no se me ocurre ni siquiera el guión.
Ayer no se me ocurría que escribir, hoy tampoco.
Entre ayer y hoy han pasado tantas cosas, que supongo que mañana serán completamente distintas a las de hoy. No sé por qué escribí esto, de todas maneras muchas son ficción.
22 mayo 2006
Entre mugre, frustración y miedo viven los pobladores de Bernardo Leyton en Puente Alto, para estos residentes pasearse por las noches en sus barrios es algo seguro, pero cuando aparecen personas extrañas, todo se pone de color de hormiga.
Sebastián Fuentes
Vivimos en un mundo acelerado, el día a día y el consumismo masificado nos lleva a transformarnos en personas individualistas. Este no es el caso de la población Bernardo Leyton en Puente Alto. Todos los vecinos se conocen entre si, se cuidan las espaldas y en muchas ocasiones se ayudan cuando hay necesidades económicas. Ellos más que nadie conocen el valor de la solidaridad y saben perfectamente de delincuencia, drogas y la frustración de no poder cumplir sus sueños.
El lugar no está muy bien cuidado, contrasta fuertemente con toda la modernización que hay a cinco cuadras de la población. Metro, supermercados, casas en mejor estado, condominios cerrados y con guardias, son una de las cosas que la comunidad Layton desconoce. A su alrededor están las calles con hoyos y suciedad, las paredes pintadas con símbolos de barras, el alumbrado publico con sus luces rotas producto del vandalismo en que viven constantemente.
“El problema está en que los trabajadores no pueden ir a la población, puesto que se roban las herramientas y corren el riego de que los asalten”. Declara Jaime Garrido, Geógrafo de la Universidad de Chile, jefe de formulación de proyectos del SERPLAC de Puente Alto.
Por lo tanto que las cosas mejoren, están muy lejos de serlo. En el tema urbano es casi imposible un cambio radical como lo que planteó la presidenta Michelle Bachelet en su discurso del 21 de Mayo. Una de sus propuestas estaba en la construcción de “barrios amables” y “vecindarios acogedores”. Estos son muy complejos de construir si a las comunidades como Bernardo Leyton no se les informa y educa sobre estas nuevas propuestas.
Un tema de seguridad.
Entrar a la población Bernardo Layton es difícil. Más aún si no se conoce a nadie que sea residente de ella. Este era el detalle crucial que nosotros no conocíamos. Tener a alguien era fundamental para pasar desapercibidos dentro de la comunidad.
Debido a que todos se conocen, fue sencillo para los residentes darse cuenta que éramos extranjeros en sus territorios. Tras caminar un par de cuadras, vimos como los pobladores comenzaron a silbar de una manera muy peculiar, el sonido pareciera ser indicio de alerta. Puesto que todos los residentes salían de sus casas y miraban a las visitas.
Fue tanto el miedo que nos vimos obligados a entrar a un minimarket, para que las personas se tranquilizaran.
En el minimarket Loly, las dos personas que lo atendían, se asustaron. La sra. Elena Peña y don Luis Castro, de 60 y 67 años respectivamente, no entendían bien que era lo que pasaba. Le explicamos que estábamos ahí por una entrevista. Hasta carné y credencial de estudiante tuvimos que mostrar para que al fin pudieran acceder a conversar con nosotros. “Es por un tema de seguridad” afirmaban a dúo.
Según estos propietarios de casas tipo Copeva, que a la vez cumple la función de negocio con el cual pueden subsistir. Comentan que “aquí en la población no pasa nada, son los de otros sectores quienes echan a perder el lugar”, sin embargo tienen un promedio de tres asaltos por año, lo que es poco para el lugar en el que viven.
“Aquí todos nos ayudamos, si pasa algo, pegamos un puro grito y los vecinos salen al rescate”. En eso tenía razón la sra. Elena, mientras conversábamos, por afuera del negocio se paseaban personas y miraban al interior para asegurarse que todo estuviera bien, los chiflidos afuera no cesaban. El miedo era cada vez mayor y nos vimos obligados a retirarnos lo más rápido del negocio y de la población.
Este debe ser uno de los problemas más frecuentes del periodista, ellos poseen un prejuicio ya formado sobre lo que acontece en los lugares marginales y por este modo cuando van a terreno, muchas veces se impone el prejuicio ante la objetividad. Cuando fuimos a la población, no pasó nada, pero nos vimos forzados a retirarnos puesto que los mismos residentes impusieron una presión sobre nosotros. Ellos cuidan lo poco que tienen y siempre viven desconfiados de lo poco familiar. Aquí a pesar que la globalización en el sentido consumista y comercial no se ha impuesto completamente, aún así tienen ciertos indicios de estos, como su individualidad. Aunque a la vez contradictoria, puesto que entre ellos mismos son muy solidarios.
08 mayo 2006
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Una costumbre ya olvidada:
La historia tras las caretas
Parecieran estar viviendo sus últimos días. Las obras de teatro ya no son como antes en las que llenaban el lugar por completo. Actualmente viven una lucha por subsistir y que el deterioro no les pase la cuenta. Esta es la historia de un coloso que persevera y trata de mantenerse a flote, el teatro Cariola.
Sebastián Fuentes.
Hablar del teatro es como si les contáramos del Internet a nuestros bisabuelos. Para el imaginario colectivo de la juventud esta palabra ya casi no existe. Más de alguno seguramente lo visitó en su época escolar, para hacer un trabajo de universidad o simplemente por curiosidad.
En la actualidad, los colosos del siglo pasado, conviven con la velocidad y la inmediatez de nuestra sociedad. Hoy en día los teatros casi no cuentan con la ayuda del Estado y tienen que ingeniárselas para subsistir y permanecer vigentes.
El silencio aquí es de esos que duelen los oídos. Nada que ver con lo que pasa afuera, en San Diego, entre los vendedores de bicicletas, los casi extintos gritos de los niños en los juegos Diana y el ruido de los autos. Eso aquí no existe.
En la entrada están los afiches de las obras de Teatro, no hay gente. Avanzo un poco más y un fotógrafo toma las mejores imágenes de la arquitectura, aparte de él se encuentra un hombre sentado en la boletería. Lee el diario y no se preocupa mucho de lo que pasa afuera, detrás de la ventanilla el lugar es anacrónico, hay un calendario y fotos de 1950. La luz ilumina despacio, casi no se ve nada en el interior. El tipo me mira, se para y deja de leer. ”Mijito, hoy no hay función, mañana tampoco. Tal vez la próxima semana llegue algo para los escolares”. Le digo que mi interés es conocer el lugar. Luego, el asiente con la cabeza y sale de la salita en la que estaba.
Me invita a pasar a la recepción del teatro, prende las luces y de las oscuridades aparecen sillones, cuadros, placas de recuerdo y lámparas muy antiguas. En la altura colgaban unos candelabros que se veían demasiado pesados para el antiquísimo techo de madera, en donde la pintura se estaba desprendiendo.
Don Alfredo, quien me estaba mostrando el lugar, es barrendero, boletero, tramoyas y en muchas ocasiones a actuado en el teatro. Lleva trabajando aquí hace 55 años, conoció personalmente a Carlos Cariola, quien fue periodista, escritor, comentarista deportivo y el fundador del lugar.
Por los ojos de Alfredo han pasado muchas obras, conciertos y actores que han pisado este rincón. Se siente parte del teatro, y le da mucha tristeza ver que el coloso de San Diego, junto con él, van envejeciendo a la par.
En el recorrido por los cuadros del hall, Alfredo con tranquilidad al hablar, me cuenta que el teatro a principios año estuvo apunto de ser rematado por no pagar las contribuciones, también por falta del apoyo del Fondart el cual viene postulando hace un buen tiempo. El ex Presidente de la República autorizó el año pasado una subvención de diez millones de pesos que permitió arreglar sus baños y retapizar las butacas. Sin embargo, su cortinaje data de la misma inauguración de la sala, en 1954, y estas necesitan no una reparación sino un urgente cambio.
En eso tenía razón, cuando me mostró por fin el interior del teatro, todo estaba en muy mal estado. Detrás de cada asiento, hace muchos años atrás, tenían una plaquita que decía el nombre de algún colaborador del teatro y ese era su asiento reservado. En la actualidad, se las han robado y quedan muy pocas. La iluminación no es la mejor, faltan muchas luces y el Cariola no cuenta con los recursos para comprar más. Por lo tanto, las compañías que exponen sus obras donan ampolletas para mantener vivo, el ahora, lúgubre lugar.
Para poder subsistir el Teatro cuenta con dos academias de baile que ayudan al financiamiento: la Escuela de Danza Rosita Lagos (4 º piso) y The Latin Dance Studio (5 º nivel). Además, en período de clases se montan obras de teatro destinadas al público escolar, las que mantienen en cartelera clásicos como "El lazarillo de Tormes" o "Animas de día claro".
Pero Alfredo siente que a los jóvenes no los incentivan a venir al teatro. Cuenta que una vez dieron la Pérgola de las Flores para los estudiantes y cuando estos iban saliendo, él escuchó que preferían la música Axé o estar viendo el Mekano en sus casas. No los culpa, dice que el principal problema son los “medios de comunicación” que hacen que la juventud prefiera más las cosas de afuera que las propias.
El fantasma de la Opera.
Como es tradicional en los teatros, se cuentan historias de seres paranormales que se pasean por las tablas o que golpean los camarines. El teatro Cariola no se queda atrás, Don Alfredo me cuenta que muchos actores cuando ensayan dicen sentir voces y figuras que se mueven en los alrededores del escenario “A veces ha llegado tanto el susto en que han hecho sahumerios o cadenas de oración” afirma, entre estas personas figura el actor Claudio Reyes que en muchas ocasiones le tocó sentir ruidos en el lugar y le comentó a este viejo hombre de lentes que lleva toda una vida aquí “Hasta el nochero dice que ha sentido ruidos en la noche, pero yo en mis años de trabajo jamás me ha tocado vivir algo extraño. Muchos se cuestionan por la apariencia del lugar y se pasan películas, pero la verdad es que aquí no pasa nada”.
Sobre la apariencia del lugar tienen mucha razón para sugestionarse. Mientras recorríamos los oscuros camarines y los largos pasillos, estos daban para pensar que de pronto aparecería algo, que me dejaría helado y desaparecería por los pasajes subterráneos o por las infinitas puertas que tiene el interior del Cariola. Debajo del escenario hay un montón de pequeñas entradas que han sido tapadas y que con el tiempo han quedado herméticamente cerradas. Quién sabe, si dentro de una de ellas, se esconde el terrible fantasma que asusta a los actores. Para eso, hay que ir a ver el teatro.
29 abril 2006
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El crimen parecía perfecto, el asesino dejaba huellas en su acto. El descuartizado era como el William Wallace en Corazón Valiente. Igual que el héroe, estaba repartido por las periferias de la ciudad. La diferencia, esto no es Escocia, esto es la realidad de Santiago.
Un caso más en los archivos de Investigaciones y de otros estamentos gubernamentales. Una historia más que contar, el secreto de un asesino, que, como una olla a presión. Ya no se puede contener.
Jorge Martínez se pasea por su casa, todo aparentaba estar bien, pero algo en lo profundo le preocupa. Su señora y sus hijas le sonríen, eso lo desconcierta aún más.
“Se me pasó la mano. Quedó la cagá” piensa.
Es tanta su preocupación que decide escribir esos pensamientos que le remuerden el alma. Sus cartas -A nadie- las esconde bajo siete llaves en su distribuidora de helados que, aparte de helados, tiene restos de Hans.
–Cuidado con comprar helados en la calle, en una de esas vienen con sorpresas-.
Martínez ya no aguanta más, la olla va a explotar. Siente que algo grande se aproxima y él es el objetivo.
Irrumpen carabineros, entran con escándalo. Jorge toma su pistola y corre al patio. No aguanta más, siente que lo vienen persiguiendo los monstruos de su culpa, las cartas toman forma y Hans, su amante, viene con ellos.
En su desesperación, toma el arma y se apunta. En segundos, todo se le vino abajo.
Esta es una más de las historias pasionales que van llenando los titulares en los diarios y la televisión. La homosexualidad cae, nuevamente, en la palestra y salen a la luz múltiples opiniones. Actos sicopáticos, degenerados y una serie de apodos o etiquetas que vienen al caso para generalizar esta condición.
Vivimos en una sociedad que discrimina y rechaza, somos parte de un círculo vicioso que pasa de generación en generación. El pensamiento intolerante del Chile en que vivimos, conlleva a que muchas personas se vean obligadas a tener una doble situación.
Martínez tenía otra condición sexual, pero se sentía tan privado de expresarlo que se vio en la obligación de llevar una doble vida, una heterosexual y la que todo el país conoció trágicamente, la homosexual.
Estas historias -que bien podrían dar para escribir una novela al puro estilo de Gustavo Adolfo Bécquer, con un final a lo Edgard Alan Poe- cuando las escuchamos, se nos ponen los pelos de punta, tratamos de no hablar mucho el tema y la homosexualidad es algo que no se puede decir a viva voz cuando uno va en el metro. Estas historias a la vez nos encantan, cuando nadie nos oye alrededor las comentamos con el amigo de al lado, con la señora que acompaña a la amiga a comprar al supermercado o con el jefe del trabajo en el happy hour.
Si saliera la novela de Hans Pozo –podría afirmar que el libro sería éxito de ventas-, seguramente entrarían a la biblioteca camuflados, de la misma manera que un niño va al quiosco a comprar la revista porno de fin de mes.
Estas historias a medio Chile entretiene, pero cuando nadie los ve.
26 abril 2006
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Esto salió hace poco en Paniko www.paniko.cl Porfa posteen allá y acá obvio. Las fotos son reales.
Ahumada con Alameda

800 micreros sin trabajo. Yo con mi Mc`nifica en la mano. Ellos con sus carteles al viento reclamando justicia. Los carabineros con lumas en las manos, esperando, con el poto en la otra mano. Muertos de miedo, que se desencadenara la violencia que, muchas veces, con su prepotencia logran.
Desde donde comía mi hamburguesa, tenía la mejor panorámica. Los periodistas abajo, se golpeaban entre ellos para tener la mejor toma. El dirigente peleaba con el jefe de los pacos. Me estaba perdiendo la conversación así que le encargué las papas y lo que quedaba de hamburguesa a mis compañeros y bajé a tomar fotos.
En cuanto me fui acercando, la gente de la protesta se estaba moviendo muy rápido, más de lo común. A lo lejos venían dos pacos a caballo, votando todo a sus costados. A mi izquierda, se encontraba una linda micro verde toda enrejada, era de esas micros-lleva-gente-a-retenes-gratis. En fracción de segundos se abrieron las puertas y comenzaron a meter gente a dentro. Como estaba relativamente lejos del sector me largué a correr de vuelta al Mc`Donalds, subí las escaleras y recién ahí tomé las fotos.
Abajo, la gente reclamaba sus derechos, 800 personas cesantes. Sumémosle que cada persona tiene que alimentar una familia, y no son de esas familias con 2 o 3 hijos, sino que de 5 o 7 niños los cuales se tienen que vestir y educar. Ahora iban a pasar hambre, y yo con unas papas fritas en la mano y un baso de bebida en la otra. Me dio cargo de conciencia.
Ahora los carabineros usaban sus lumas, los cesantes usaban sus manos para cubrirse. Los empujaban hacía la micro, como judíos rumbo al incinerador en plena segunda guerra mundial. No hubo esa neblina blanca tradicional que expelen las bombas lacrimógenas, tampoco rompieron nada. Tan solo exigían una explicación distinta a la de sus jefes.
Las micros amarillas se extinguen, los chóferes quedan cesantes.
800 exmicreros en el Paseo Ahumada. En la misma calle, próximamente, 800 personas ingeniándoselas de cómicos, músicos y malabaristas.
Esto se parece a la ley de costes de vida que tanto hablaba Stalin. Para que exista un progreso en un país tiene que haber vidas humanas de por medio, que al fin y al cabo son solamente números que darán prosperidad a la nación.
800 personas cesantes, 800 personas con más deudas que antes, 800 personas con depresión, más de alguna será titular protagonizando un suicidio. Más de mil personas sin tener algo que comer. 800 personas golpeadas, física y moralmente, 800 personas sin poder dar su opinión.
El tumulto se dispersó rápido y veloz, cómo cuando uno pisa un nido de hormigas. La salida del metro, donde estaban estas personas estaba completamente vacía. Algunos carteles olvidados por los protestantes se movían con el viento, producto del paso de los autos. Era como una imagen sacada de las Hormigas Asesinas de Fuguet.
Me puso triste toda la situación, y yo comiendo una Mc`nifica, ajeno a los verdaderos problemas de la gente. Definitivamente vivo en otro mundo.
Llegó el invierno, Santiago ya se puso gris.

16 abril 2006
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Viaje a la semilla
Toda la gente caminaba a su paso, manejando su tiempo como les fuera más cómodo. El ruido de Moneda era insoportable y las micros, esos monstruos metálicos, corrían y gritaban de un lado a otro tratando de transportar la mayor cantidad de gente posible. Un calor infernal azotaba todo el lugar, era de esos que no te dejan respirar y transpiras como condenado. Lo único que quería era encontrar algún lugar con sombra y poder capear un rato el sol.
De pronto me acordé que los mejores lugares con sombra y frescos son: el cine y los museos. No muy lejos vi a un carabinero y le hice la pregunta del millón.
-Señor, ¿dónde puedo encontrar algún museo cerca?
-Caminé un poco más y encontrará uno bajo el palacio de la Moneda. Respondió el uniformado.
Lo único que quería era sacarme el sol sobre mi cabeza. Nada más fácil, que moverme un poco, bajar unas largas escaleras y entrar a esta subterránea pieza que atesoraba reliquias de civilizaciones pasadas.
Mientras iba bajando las escaleras, me invadió una sensación de tranquilidad. El sol ya no me pegaba tan fuerte y todas las cosas a mi alrededor comenzaron a bajar sus revoluciones. Los gritos desesperantes de las micros se fueron callando lentamente, estos gritos fueron reemplazados por el sonido de una vertiente que se escuchaba débil a lo lejos. Cada paso que daba, cada escalón que bajaba lograban hacerme sentir diferente. Percibía otros sonidos, el agua chocando con las piedras, las plantas moviéndose con el viento, los pájaros cantando sus canciones arriba de los árboles. Era tan agradable estar aquí, no tenía para qué moverme más. Me senté y cerré los ojos para dormir una pequeña siesta…
-Qué haces aquí. Párate, ¿no sabes que esto es un lugar sagrado? Me habló una voz a mis oídos. Decidí no prestarle mucha atención y seguir durmiendo.
-¡Te dije que te pararas! Volvió a insistir la voz, pero esta vez mucho más agresiva.
De pronto sentí un puntazo en mi hombro que lo iba enterrando de apoco. Aún con los ojos cerrados pensé que hasta aquí llegaría mi hora –Me querían asaltar- y ni siquiera le había visto la cara al delincuente.
Abrí los ojos y quedé pálido. Era un hombre de una contextura indescriptible, fácilmente podría derribar uno de estos árboles que estaba a mi alrededor, su tez era morena, no llevaba ropas salvo un tapa rabo que le cubría su sexo. Su mirada amenazadora, más la lanza que tenía en su mano eran pruebas suficientes para que me levantara y le hiciera caso en todo. Esto no puede estar pasando, esto no es un Museo.
-¡¿Donde estoy?! Le pregunté a este corpulento hombre.
-En Tenochtitlan, donde más podrías estar. Respondía con alegría. – No te das cuenta que estabas acostado en la piedra sagrada, la piedra de la diosa de la tierra, Coatlicue. Ahora vas a tener que dejarle una ofrenda para que los dioses no se enojen y nos den un buen año en las cosechas.
- Haber espérate un poquito. No entiendo bien. Primero me dices que estamos en México y luego me dices que le dé una ofrenda a una piedra. Yo creo que deberías ver a un sicólogo. ¡Estás mal de la cabeza!
-¿Sicólogo? ¿No te entiendo? Mi nombre es Tamaulipa, mucho gusto joven de extrañas ropas. Me respondía con una sonrisa de oreja a oreja. - Acuérdate que tienes que dejarle una ofrenda a nuestra diosa.
Y así lo hice, revisé mis bolsillos para ver si encontraba algunas monedas para dejarle a la piedra. Pero cuando lo hice, lo único que encontré fueron unas semillas de cacao y un montón de trigo. Mi nuevo amigo me dijo que me podía servir el trigo, porque aquí para ellos es sagrado y con eso bastaría para calmar por el momento el enojo de los dioses.
Me explicó también que la naturaleza era como nuestro cuerpo: los campos de trigo eran como los pelos de nuestro cuerpo, las lágrimas eran como los ríos que corrían por la selva y que todo esto era parte de un dios supremo Ometechutli, que poseía la característica de ser todo lo dual. El día y la noche, el sol y la lluvia, el bien y el mal. Por lo tanto teníamos que cuidar nuestra persona porque era parte de la naturaleza universal también.
-Forastero, acompáñame a la ciudad. Hay cosas que tienes que conocer. Me dijo con una alegría que me hacía sentir feliz de estar aquí.
Una vez en la ciudad, me di cuenta que todos respetaban la naturaleza, no talaban los árboles para construir sus casa, sino que convivían con estos. Se preocupaban mucho de no quitarle partes del cuerpo a su Dios supremo.
Muchas personas usaban adornos en sus cuerpos, algunos eran muy grandes y hechos de oro. Como el color del trigo. Así que le pregunté a Tamaulipa que significaban.
-Estos adornos expresan la posición social de las personas, hay ciertos adornos que son utilizados por los gobernantes y las personas de la nobleza. Ellos se tienen que destacar del resto puesto que están más cerca de los dioses. Me decía bastante serio. – El amarillo para nosotros es sagrado. Por lo tanto, si vez gente que tengan muchos adornos dorados trátalos con mucho respeto. Ellos hablan con los dioses todo el tiempo y deciden que es lo mejor para nosotros.
Ahí fue cuando comprendí porque había dejado trigo en la piedra, su color era sagrado, una ofrenda a los seres supremos. En ese instante me surgió una duda ¿Por qué las piedras eran sagradas?
-Para nosotros las piedras son las moradas de los espíritus y dioses, también muchas veces son lápidas sepulcrales. Algunas veces les damos forma para que se asemejen más a los dioses y así dejarle nuestras ofrendas a una figura más real.
-¿Quiénes hacen esas esculturas? Le pregunté.
-Los artesanos, ellos son personas muy especiales y están muy cerca de los dioses. Para poder hacer las esculturas que ves a tú alrededor, ellos tienen que verlos y así poder trabajar la piedra. No podrían trabajar con la mente en blanco, ¿no crees?
Seguíamos caminando y vi que uno de los indígenas vertía líquidos en unas tinajas con muchos dibujos y colores. Me pareció extraño, porque a su alrededor se encontraban un centenar de estas y todas con distintos dibujos.
-Bonitos los adornos de los posillos, diría que son una obra de arte. Le decía a Tamaulipa, señalándole lo que estaba viendo.
-¡Oh no! No son adornos, cada posillo tiene un significado especial, sus dibujos representan el uso que se les va a dar. Por ejemplo el de color azul, con el retrato de nuestro dios de la lluvia Tialoc, sirve para contener el agua.
Seguía tan serio como antes, mientras más avanzábamos su sonrisa tan característica lentamente se iba borrando de su rostro. Algo le preocupaba, pero no entendía qué.
-Disculpe Forastero, pero usted dijo algo que me llamó la atención. ¿Qué es arte?
-No sé, ¿de donde sacaste esa palabra? Le respondía hipócritamente.
Se me salió esa palabra cuando vi los posillos. Ellos no pueden conocer nuevos significados, podría alterar el orden de las cosas. Además todo lo que ellos hacen tiene un fin religioso y ceremonial, no lo aprecian como una obra de arte. Simplemente lo realizan para darle un significado y valor a las cosas. Muchas que no pueden explicar como lo hacemos nosotros.
No muy lejos se veían unas pirámides gigantescas, con millones de escaleras que subían hacía una especie de altar. Creo que allá nos dirigimos.
A un costado de la calle, una mujer amamantaba a su hijo. Tamaulipa le hizo una reverencia a lo que ella contestó con una sonrisa. Aquella mujer me trajo a la mente otra pregunta ¿Cómo son los matrimonios?
-Disculpa Tamaulipa aquí ¿Todos se relacionan con todos?
-No joven, nosotros creemos en el matrimonio y en la procreación de nuestra civilización. La mujer que acabo de saludar es respetada, porque liberó a su hijo de una lucha interna. Nuestras mujeres son guerreras. El parto es una batalla, si la mujer muere se convierte en una persona valiente y va directamente al paraíso del sol. Si el niño nace sano, la mujer ha vencido.
- Entones ¿Así manejan su sexualidad? Pregunté.
- Sí, para nosotros el matrimonio tiene como único objetivo procrear. Esto es fundamental para el ciclo de la vida, el nacimiento, el matrimonio, la fertilidad y la muerte es parte del movimiento del cosmos. Esto permite que los dioses tuvieran alimento y que el cosmos no se detuviera.
- ¿Cómo es eso de alimentar a los dioses?
-Ahora lo vas a ver. Contestó
Terminadas esas palabras, me di cuenta que estábamos cara a cara con la gigantesca pirámide de piedra. Arriba habían dos personas, una disfrazada con pieles humanas y la otra con la de un jaguar. La primera me causó una repulsión inmediata, supongo que ellos son los sacerdotes más cercanos a los dioses ¿Cierto Tamaulipa?
Cuando miré al lado, no lo encontré. Busqué a mi alrededor para ver si aparecía, pero ningún rastro de él.
La gente llegaba corriendo y apuntando la pirámide. Algo pasaba allá arriba, di media vuelta y vi a mi amigo subiendo las escaleras. Con gran destreza y rapidez estaba llegando a las alturas, donde lo esperaban estos dos hombres disfrazados ¿Para qué es esto? Pregunté en voz alta.
-Para alimentar a la diosa de la tierra Coatlicue. Esta es nuestra ofrenda para un buen año en las cosechas. Algunos me contaron que ella estaba enfurecida, porque algunos le habían faltado el respeto. Ahora calmaremos esta ira con el sacrificio de Tamaulipa. Me respondió uno de los que estaba a mi lado.
De pronto un grito aterrador dominó el lugar, en las alturas el jaguar alzaba un corazón. ¡Mi amigo! Había muerto por mi culpa, no fue mi intención faltarle el respeto a la diosa. Yo no sabía nada de esto, ahora lo comprendo todo.
Mi desesperación se mezcló con el grito popular del pueblo. Todos alababan este sacrificio. De la pirámide caía la sangre de Tamaulipa, su sangre estaba saciando la de la diosa. Estaba devolviendo el orden del cosmos.
Todo era mi culpa y quería volver a Santiago de Chile. Extrañaba los gritos de las micros y la gente apurada. Dándoles significados a las cosas sin importancia, a esas personas que destruían millones de hectáreas de flora, sin importarles el orden del cosmos. La vida de los dioses.
Me alejé de la gente y corrí, corrí, corrí…
De pronto sentí un puntazo en mi hombro que lo iba enterrando de apoco.
-Qué haces aquí. Párate, ¿no sabes que esto ya cerró hace rato?
- ¡¿Tamaulipa?! Pregunté sin mirar.
-No señor, soy Ramón y usted está en el Centro Cultural de la moneda. En la exposición de México precolombino. ¿Está usted bien?
Miré a mí alrededor, y lo único que había eran reliquias de las culturas mexicanas. Sus dioses de piedra, sus figuras en oro. Pero nadie las veneraba o usaba sus accesorios en los cuerpos. Aquí todo estaba congelado, el tiempo se había detenido en estos objetos.
-Sí estoy bien, creo que me quedé dormido.
Cuando me paré, miré al guardia de seguridad. Era idéntico a mi amigo, pero no podía ser. El era parte del pasado, un pasado que había conocido en carne propia, Tamaulipa pertenecía a otra época, a otro tiempo.
Subí las escaleras y ya no existía el calor insoportable, ni el grito de las micros. El frío y el silencio de la noche habían dominado el asfalto y la gris ciudad.
03 abril 2006
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Capitulo 4
Cuando desperté, mis ojos me dolían como si me los estuvieran apretando con un alicate. Miré a mi rededor y era todo blanco. Los objetos no los podía distinguir bien, pero estaban puestos en un riguroso orden. No había nadie con quien hablar y me dolía casi todo mi cuerpo, sobre todo la cabeza. Sentía que caían bombas dentro de ella.
-Puta que es fome morirse. Pensé.
Si de algo estoy seguro y no me puedo olvidar, es que me saqué la mierda en auto. Lo demás es una laguna en mi memoria. No recuerdo nada más después del accidente, solamente que estoy aquí, el lugar de blanco y ordenado, y estás dos cosas me dan ganas de vomitar. No soporto la extrema rigurosidad en las cosas; prefiero lo que se va armando solo, como en la vida. Todos tenemos más que claro las cosas que están bien y mal, eso es algo innato, según como vayamos ordenando y tomando estas decisiones es como nos va a ir en el futuro. Desgraciadamente ese es el orden de las cosas, el tiempo también lo posee y es incontrolable, es este quien nos va quitando la vida de a poco. Bueno también en gran parte lo que consumamos o las cosas que hagamos, pero eso ya lo dije recién así que se entendería por algo cíclico.
-Ya despertaste jovencito. Estaba bueno ya de dormir. Me decía una voz a lo lejos.
-¿Dónde estoy, me morí cierto? Respondí inocentemente.
- Si estuvieras muerto lo más seguro es que yo no te estaría hablando.
-Entonces esto es un sueño.
-Estás en un hospital y déjate de hacer bromas niñito. Estuviste en coma tres meses. Respondía la voz que cada vez se iba acercando más a mi, hace rato ya me había dado cuenta que era una mujer, por el timbre claro. Cuando se acercó un poco más me di cuenta que era hermosa. Las enfermeras por lo general son muy lindas o muy feas, como que no existe el término medio en esta profesión.
- Bueno contigo parece que fuera el cielo de todas maneras. Respondí galantemente. Últimamente todas las frases me salen como de película y peor aún son inconcientes. Mucha tele creo yo. – Pero cómo tres meses, que hay de mi familia y mis amigos. Volví a hablar.
-Tú familia te ha venido a ver todos los días, lo más seguro es que tu mamá esté por llegar. De tus amigos, no sé realmente. Pero nadie más ha venido.
-Puta los huevones maricones. Pensé.
Nunca me habían dejado tan votado. Por último llamar al hospital, mandar flores o algo así. Si mas que mal estaba casi muerto. Estoy seguro que José sí me hubiera venido a ver…. ¡cresta, José!
-Enfermera usted sabe de un José Ugarte. ¿En que hospital estamos a todo esto? Tenía que hacerle esa pregunta de rigor, lo había dejado en el hospital militar antes del accidente así que la pregunta era necesaria, puesto que podría estar en otro lado.
-Esto es el hospital militar joven.
-¿Y usted sabe algo de Ugarte? Le pregunté
- Espere un segundito joven.
Salió de la pieza en donde me encontraba, caminó un poco más y luego gritó.
-Traigan los calmantes a las 405 por favor, el joven en coma despertó y está preguntando por Ugarte.
-¿Quien es Ugarte? Preguntaba una voz de hombre, que se escuchaba a lo lejos.
-El que despachamos la semana pasada pues, el drogadicto. Respondió la enfermera con un tono irónico.
El José que onda, ¿estaba muerto? No podía ser, despachar tiene muchos significados y no creo que precisamente se tratara del morir.
El lugar ya me estaba desesperando, estaba todo lleno de maquinas, millones de tubitos salían por mi cuerpo y me costaba un mundo poder hablar bien, estaba algo disfonico, por más que trataba de gritar nadie me escuchaba.
Necesitaba respuestas y estas no las iba a encontrar aquí. Si José estaba en su casa podría verlo de algún modo. Como sea tengo que salir de acá. Me tengo que escapar.
23 marzo 2006
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Había cierto nerviosismo, un aire que estaba opacando el lugar. Nos mirábamos las caras de desconcierto, pero la realidad era muy distinta a lo que nuestros rostros demostraban. Sabíamos, o la gran mayoría sospechaba, lo que hoy iba a ocurrir.
Las amenazas estaban pegadas en casi todas las paredes de la facultad y lo más probable era que hoy nos tocara a nosotros. Algunos, los que ya estaban informados de este hecho, lograron escaparse sin importarles mucho lo que hoy pasaría. Preferían estar en sus casas a que los empaparan de un montón de cosas tan asquerosas, que la mezcla de ellas sería imposible de describir.
Las clases aún no terminaban, cuando por la pequeña ventana de la puerta se asomaron los verdugos. Mostraban fotos de cerdos, tijeras y las cosas con las que seguramente nos matarían. Todo esto era parte de una iniciación, era parte de un rito en el cual tenía que ser participe. Tenía que ser mechoneado.
El profesor salió lentamente de la sala y dio paso a que entraran todos los ya iniciados en esto que, para muchos puede ser algo asqueroso, pero ellos lo disfrutan con ganas.
Entraron uno a uno, nos amarraron y comenzaron a pintarnos la cara, a mancharnos las ropas, a reírse y pasar un buen rato a costa de nosotros.
Ese a costa de nosotros después de un rato ya no me era nada de agradable, el olor a vinagre y la mezcla asquerosa de olores que salían de mi cuerpo no me estaba gustando mucho. Luego, que me quitaran mis zapatillas y me mandaran a pedir plata a la calle arreglaba un poco las cosas. Cuando me di cuenta que la gente no cooperaba, preferí arreglarles el día haciéndoles shows. Me daba mucha lata que anduvieran de mal genio tan temprano por la mañana, no quería ser como ellos a futuro. Si iba a usar una corbata me gustaría que fuera con ganas, pero aquí en el centro todos andaban de mal humor y muy preocupados de caminar rectos, como caballos de carrera en el hipódromo. No puedo generalizar, en muchos casos el llevar un terno lo hacen por obligación y no por gusto.
Cuando pensé esas cosas y el olor me recordó que estoy en la Universidad, me sentí agradecido, porque en lo personal yo usaría un terno solamente cuando me tengan que enterrar. Puede parecer un poco fuera de sistema y un montón de cosas más, pero esta es mi manera de pensar y mientras esté estudiando tengo la suerte de ser libre, aún, de toda responsabilidad mayor.
Después, cuando ya tenía los pies hinchados de tanto caminar, fui a dejar la plata que había recaudado para las fiestas y asados que nos harían los verdugos de segundo año. Me fui a lavar el pelo, era una sensación tan asquerosa el no poder sacarse la mezcla de aliños que ya apestaba el estar mechoneado, la ropa hedionda, el olor que generaba mi cuerpo era vomitiva. A estas alturas ya lo único que quería era estar en mi casa, darme una ducha caliente y descansar. Mis pies tenían callos, estaban hinchados de tanto andar a pies descalzos. Esta iniciación hace mucho rato que ya no me parecía gustosa. El mechoneo apesta.
Cuando voy por el metro o camino por la calle. Veo a todos estos iniciados del movimiento universitario y me dan pena, el solo hecho de estar hediondos me producen repulsión. Ahora que los miro de otro punto de vista, me da una lata atroz sentir su olor, ese olor que me obliga hacerme a un lado y ni siquiera mirarlos.
El haber tenido esa experiencia me hizo darme cuenta que el vivirlo es una cosa, pero tener que soportar el olor y que más encima te pidan plata es otra muy distinta. A fin de cuentas las calles terminan todas hediondas, el olor se queda impregnado en el metro y las micros. Ya no me queda nada mas que decir, que el mechoneo es una mierda.
21 marzo 2006
Capitulo 3
Prendí el auto y me embarqué en un viaje sin retorno. Mis ojos llorosos miraban por el espejo retrovisor, los tenía rojos. El alcohol y las drogas se hacían notar en mi cuerpo, todas las cosas que veía hacía delante pasaban rápidas y desfiguradas.
Iba a
José después de que me dijo que le gustaba Andrea, no volvió a despertar. Lo tomé en brazos y corrí hacia el auto. Cuando lo logré subir, partimos juntos (bueno partí solo porque mi amigo no despertaba) a
Allá en urgencias, me estaba esperando su mamá que ya se había enterado de todo por Andrea. Seguramente llegó en el minuto en que yo ya me había ido y el mastodonte la llevó donde la mamá de José y como vive cerca de la clínica no se demoró nada en llegar.
-¡Qué le pasó a mi hijo! Gritaba como descriteriada la mamá de José. – No sé tía se cayó a la piscina pero nada más- Trate de mentirle, no le podía decir que se estuvo drogando como imbecil toda la tarde.
Por un lado me daba pena la mamá de José, primera vez que venía a un hospital por él. Jamás, desde que lo conozco, había entrado a uno. Seguramente ya se le había ido el embrujo de la gitana y ahora tendría que pagar todas las cagadas que se había mandado, ahora como que se ganaba el Kino acumulado.
Una vez que José entró a los pasillos de no sé que cosa, empezó lo que yo no quería. El interrogatorio.
-
-Puta la hueona hocicona. Respondí como por instinto.
-¡Que fue lo que dijiste pendejo de mierda! Me gritó la mamá de José.
Nunca la había visto tan histérica, bueno yo tampoco estaba reaccionando de la mejor manera, así que me merecía por un lado este trato.
-Tía por favor cálmese, sí el José va a salir bien de esta, se lo aseguro con mi vida.
-Es que lo que me preocupa Simón es que mi hijo se está perdiendo y yo siento que tú también vas por el mismo camino. Andrea me comentó que cada vez se están drogando y están quedando peor en las fiestas. Si tú quieres a Josecito, te pido que no te juntes más con él.
Está última frase creo que tocó fondo en mi corazón, como sí me hubiesen lanzado un piedrazo en toda la cabeza. Supongo que el mundo se me vino abajo con lo que me estaba diciendo está vieja, el José mi amigo ya no podría verlo más por culpa de la muy hocicona de
Pareciera ser que cuando tocan a tus amigos las minas que te gustan pasan a segundo plano inmediatamente, la culpa aquí solamente la tenía ella y ahora podría apostar todo a que se está revolcando con el mastodonte, mientras que mi amigo está todo intoxicado aquí.
-Sabe señora, no quiero hablar más y dígale a su Andreita que se vaya a la cresta.
Me di vuelta lentamente y me largué a correr por los pasillos largos y blancos pasados a éter. No quería mirar hacia atrás, tenía miedo a todo, a que iban a decir después, si lo de José era algo serio o si mi situación era tan podrida como lo decía la vieja del José. Tan solo quería desaparecer de la tierra por un buen tiempo.
Llegué a los estacionamientos, prendí el auto y me embarque en un viaje sin retorno. Mis ojos llorosos miraban por el espejo retrovisor, los tenía rojos. El alcohol y las drogas se hacían notar en mi cuerpo, todas las cosas que veía hacía delante pasaban rápidas y desfiguradas.
Iba a
Prendí
De pronto la velocidad del auto se empezó a poner cada vez más lenta, mis manos estaban cansadas y mis ojos se ponían cada vez más arenosos y densos. Me costaba mirar y sentía que el sillón me estaba absorbiendo. Después vino una luz fuerte y un sonido ensordecedor. Luego, todo se fue a negro….
Si quieres saber lo que iba escuchando Simon, haz click aca.
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19 marzo 2006
Capitulo 1.
Entre tanto que yo tomaba el vaso, ella me pasaba el pito recién prendido. Su olor inconfundible se esparcía rápidamente por todo el patio de la casa del Pancho Gutiérrez, y como sus padres estaban de vacaciones, era posible hacer todo lo que se nos diera la gana sin que nadie nos molestara.
Estábamos despidiendo las vacaciones y estos eran nuestros últimos días de libertad, sin preocupaciones ni nada que nos pudiera quitar el sueño.
José ya llevaba como tres pitos enteros en su organismo y su estado comatoso era bastante notorio. Ahí estaba el pobre casi muerto, hecho un saco de papas tendido sobre el pasto del lugar.
Los demás, se bañaban en la piscina y jugaban juegos tan burdos como sus propias existencias.
Pero ahí estaba yo, sentado frente a ella como un libro mamotreto de esos que nos pasaban en las clases de filosofía. Imposible de entender, tan difícil como lo que sentía por Andrea. Estaba esperando el momento para decirle la verdad. Mi verdad que a veces trataba de hacérsela notar en etílicas conversaciones, sin embargo, de eso, ella nada sospechaba.
José de pronto se levantó del pasto y se miró su piel toda estriada producto de las largas horas bajo el sol. Mecánicamente caminó en dirección a la piscina y lanzó su deslavado cuerpo al agua.
Ahora que el ya no estaba cerca podría formalizar mi situación, pensé. Este sería el momento y por lo tanto no podría esperar un minuto más para declararme.
Después de unos breves segundos, volví la mirada hacia donde estaba ella, se había ido y el resto también.
Todos se agolparon a la piscina como si fuera algún espectáculo del paseo Ahumada.
De pronto comprendí que para Andrea yo no era su centro de atención, José se estaba ahogando.
Capitulo 2
Después de que Andrea se lanzara a rescatar a José y le hiciera todas las prácticas de primeros auxilios aprendidas en su colegio de monjas, todo volvió a la normalidad.
Aquí todos están acostumbrados a las gracias de José, estos sucesos se presentan cada vez que se droga y no era tampoco de extrañar que su estado en cada junta fuera peor.
Lo que es yo, estaba con el vaso de cerveza intacto, no me había parado de donde estaba. Que mi amigo se estuviera ahogando no me producía ninguna preocupación. Lo raro es que por más desgracias que le pasaran siempre salía sano y salvo.
Una vez me dijo que cuando era chico, una gitana le había hecho una morisqueta y que para él eso había sido un hechizo que lo protegería para toda la vida, por eso creo que cada vez hace cosas más estupidas, para poner a prueba esta bendición de la mujer. El problema está en que siempre sale ileso de todo y nunca aprende alguna lección.
Mientras tanto, Andrea hablaba con un par de rugbystas que se habían colado a la fiesta, eran vecinos del Pancho así que daba lo mismo si estaban acá. A lo lejos escuchaba que uno de ellos la invitaba a dar una vuelta en auto, mientras que el otro no paraba de transmitir sobre el campeonato de la católica y que este año sí que saldrían campeones. Yo miraba a Andrea y ella a lo único que atinaba era a ponerme caras chapuceras, se notaba claramente que prefería al mastodonte morigerado que a mi. No me importaba mucho que se fuera a pasear con él en auto, total le dijo a su mamá que volvería conmigo antes de las diez y media, así que tendría que volver para que nos fuéramos juntos de aquí.
Pasado un rato, y cuando ya todo se había calmado un poco. Me paré y fui donde José que estaba tendido sobre un sillón con una manta encima. Estaba tiritando de frío, tenía muy mala cara.
-José, dame la hora porfa. Le pregunté
-vela tu mismo, no soy tu nana. Me respondió.
Era la una de la madrugada y Andrea no iba a llegar. En cuanto a José, se veía realmente mal y se ponía cada vez más pálido, le daban como convulsiones a ratos. Para mí era puro show, siempre lo hace para llamar la atención.
-Me duelen las coyunturas de los huesos, siento que me voy a morir. Me dijo.
-Pero sí tú teni suerte José, a ti nunca te pasan cosas malas. Por último nos quedamos a dormir acá y nadie en tú casa va a saber lo que te pasó. Respondí.
-Es que me quiero ir para mi casa igual, tengo que hablar con Andrea.
Me pareció extraña esa respuesta, José nunca se había acercado mucho a ella ni cuando estábamos en el colegio. No éramos compañeros con ella, pero su colegio de monjas estaba al lado del nuestro y como el Pancho Gutiérrez conoce a todo el mundo nos la presentó. José casi no le hablaba.
-Y para que quieres hablar con ella, yo creía que te caía mal. Le dije
- Quiero decirle que me gusta.
11 marzo 2006
Este es mi primera cronica para la universidad espero que me vaya bien y me saque una buena nota,saludos a todos los que me leen.
Subway
Pareciera ser que cuando toda la gente corre no sé da cuenta de las cosas que uno tiene al lado, no contempla el mundo subterráneo. Sí así es, porque aunque no lo parezca el metro de nuestra ciudad tiene Arte, un arte que no conoce la luz del día y espera ansioso por ser descubierto. Por Sebastián Fuentes.
Próxima bajada, estación de metro los Héroes.
Llevaba un buen rato viajando por el metro, con el cansancio insertado en mi cuerpo como si fuera un chip (ese que llevamos todos los chilenos por defecto), y en especial cuando es día Lunes y todos van a sus trabajos con la cabeza pensando en las vacaciones, en las sandias que se comían bajo los árboles, en la hora de la siesta o los choclos con mantequilla a la hora de almuerzo.
Ahí estaba yo, en ese grupo que corre por las escaleras todas las mañanas como por inercia, con la almohada pegada en la cabeza, siempre mirando al frente como caballo de carrera.
-Estación de metro Los Héroes lugar de combinación con línea 2. Decía una voz por los parlantes que jamás he sabido donde se encuentran.
-Aquí es donde me bajo. Pensé
Me empujan por la espalda y por todos lados, nadie quiere quedarse afuera o dentro del metro, según sea la situación, nadie quiere esperar.
Constelación II.
Una vez y al fin abajo, me encuentro frente a frente con un ventanal gigante, mi reflejo me dice que tengo todo el pelo desordenado y comienzo a peinarme precariamente con las manos. De reojo veo al metro comenzar a avanzar a sus próximos destinos para llevar a todas estas hormiguitas por este inmenso hormiguero de concreto a sus lugares de trabajo.
En cuanto el metro se fue, vi algo insólito. Había una enorme mancha reflejada en el espejo. Traté de darle una explicación, de darle forma a esa figura. Giré en 180 grados y ahí estaba, al otro lado de la línea del tren, grande he impotente, de colores grisáceos y salmones. Nada era muy claro en mi mente en ese momento, esa figura ahí en la pared y el espejo gigante a mis espaldas, tenían que significar algo.
Me di vuelta y en el espejo había una inscripción que en un principio no me había percatado. Constelación II, decía. Ahora todo empezaba a tomar sentido, era extraño pero no le encontraba más función al espejo que reflejar esa bella figura del otro lado del metro. De un momento a otro comencé a ver imágenes más concretas, un caballo y dos colibríes era lo que podía ver en el mural y su nombre, Constelación II, explicaba un poco el principio de las cosas. Como cuando comienza la especie a aparecer, los primeros indicios de vida. Pero la imagen aún no era tan clara, por eso era una constelación, porque éstas en la vida real están dispersas en el espacio y son como unas masas de estrellas y vaya saber uno que otra cosa más tienen adentro.
Estaba fascinado y algo me impulsaba a ver más cosas, no me podía quedar con esa imagen solamente. Tenía que ver más. El metro llega y mi propio sentimiento de curiosidad me guiaba hacia la próxima estación. El viaje estaba recién empezando.
Llegué a
Una vez abajo me topé cara a cara con un cuadro que mostraba las araucarias de Nahuelbuta. Estas, me producían paz y una calma gigante. Eran millones de árboles y el paisaje parecía disolverse lentamente con colores más tenues.
Más allá había otros cuadros, me interesé rápidamente y fui a verlos.
En uno de ellos estaba el Océano Pacifico, que golpeaba con furia unas rocas a la orilla del mar y frente a ese estaba
La gracia de estos cuadros era que no había gente, era paisajismo puro. Mostraban las cosas más lindas de nuestro país: el mar, su naturaleza y la cordillera.
Comprendí que sí seguía la secuencia de la estación anterior, aquí en Moneda nos mostraba un Chile donde aún no habitaba nadie, un territorio donde había tranquilidad y todo funcionaba y se auto-mantenía a la perfección. Era un lugar donde aún los sonidos de los árboles al mecerse con el viento o el mar golpeando las rocas podían escucharse. Un lugar donde no existía el progreso ni la voz del ser humano. Un Chile que no hablaba español.

Estaba pero más que desesperado por llegar a la otra estación y ver que era lo que me esperaba, subí rápido al metro y en fracción de segundos ya estaba en la estación Universidad de Chile. La gente aquí va igual de apurada que en todos lados así que no era de extrañar que me empujaran nuevamente y me arrastraran hacía la salida. Me fui en contra de la corriente y avancé lo que más pude.
Cuando la gente empezó a escasear y el paso fue más tranquilo, miré al cielo y me encontré con un mural que recorría el metro de un costado al otro. Frente a donde estaba yo había unas pequeñas letras que decían lo siguiente:
“Las piedras y el piñón,
Las estrellas y el viento
Son gente de antes.
Ahora di con firmeza;
Yo el hombre aún permanezco.
Es la guerra;
Es un arco iris negro,
Que avanza…”
Seguí mirando el mural y las palabras empezaron a validarse por si solas, las imágenes de opresión, muerte y destrucción estaban por todos lados. Había fuego, calaveras, gente muerta, animales muertos. La guerra de Arauco resumía todo el concepto de odio entre dos razas, en esta estación a Chile lo obligaron a hablar español, le enseñaron que la libertad se había acabado y que ya no se podía correr por los interminables bosques de araucarias.
La historia avanzaba y era inevitable que se saltaran esa importante parte de nuestro país. Cada estación me mostró una faceta del Chile que alguna vez fue, esta última no era la más agradable pero era importante que estuviera ahí.
Comprendí que el metro tiene su historia, una que no conoce la luz del sol pero igual trata en lo posible de que la observen. Quiere enseñarnos cosas que probablemente jamás contemplemos en el mundo exterior.
El arte está en la calle y en todas partes, nos trata de comunicar algo, por eso aprovechemos este museo subterráneo, que trata de sensibilizar a las millones de hormigas que pasan día a día por ahí.
07 marzo 2006
Un capitulo de mi vida.
Me acuerdo que eran aproximadamente las seis de la tarde y el sol no pensaba bajar ni siquiera un poco su intensidad. Me golpeaba fuerte y más aún con una mochila que pesaba cinco kilos menos que yo. Me odiaba por haber echado tanta ropa, solo había sacado tres poleras y un pantalón en todo el viaje y el resto estaba ahí, esperando ser usado en algún momento. El problema era simplemente que había llevado ropa como para un año entero en la sabana africana, pero en este caso mientras más liviano mejor.
A fin de cuentas el ambiente era bochornoso, como todas las primeras veces suelen serlo. Y esta, era igual de denigrante que todas las primeras veces anteriores.
Lo raro de todo esto es que me sentía feliz por la situación. No tenía horarios ni hora de llegada, era completamente libre. Tan solo mi mochila y yo.
La tarde pasó, entre largas horas de caminatas, sed, sudor y hambre. De a poco comenzaron a aparecer las primeras estrellas en el cielo. El primer indicio de que estaba llegando la noche. Con suerte sabía bien dónde estaba y esa desorientación traía consigo un cierto aire de desesperación, como cuando quieres buscar algo pero no sabes por donde empezar. Esto era lo mismo pero sin mapas, ni nombres de calles o ciudades. Me encontraba en la nada.
Parece que estamos en Chacao, dijo uno de los que andaba conmigo en esta travesía. No sé bien si él estaba más ubicado, pero tenía la misma cara de preocupación que yo.
La noche por lo general tiene consigo cierto misterio, algo que la hace ser más intrigante que el día. El no poder ver más allá de cinco metro con claridad te hace ser más susceptible a cualquier peligro, todo te puede estar acechando y más aún en un lugar que no se conoce.
En cuanto terminó mi amigo de decir la frase, capté de inmediato que no teníamos donde pasar la noche. Me preocupé y me sentí completamente desprotegido, primera vez en mi vida que no tenía un lugar seguro donde dormir, estábamos solos, esperando que cualquiera de los dos diera alguna solución a nuestra desesperante realidad.
De pronto en un golpe de lucidez, de esos que solo aparecen en los casos más extremos, pero cuando uno los piensa después, fría y calculadamente, pueden parecer las cosas más obvias del mundo. Me propuse caminar sin un destino fijo, y caminé. Pasé casas y cerros llenos de animales, una rústica iglesia de madera que junto a ella tenía un pequeño cementerio. Más allá no había nada, sólo oscuridad y bosques.
En la desesperación armamos la carpa ahí, al lado del cementerio, para que así éste nos iluminara con las velitas de las tumbas. No pasaba nadie a esa hora y el silencio era de esos que llegaban a doler los oídos.
Una vez armada la carpa y ya adentro, comenzamos a abrir los sacos para prepararnos a dormir, parecía que nuestro suplicio de estar en la intemperie ya había terminado. Pero de pronto comenzamos a sentir pasos, pisadas que bien podrían ser de algún animal o alguna persona. Miré a mi amigo y me dijo entre susurros, escuchaste. Yo por tratar de hacerme el valiente, y generalmente cuando me hago el valiente, es cuando más miedo tengo. Le respondí que se quedara tranquilo, que probablemente era el viento que estaba golpeando en algo.
Esa respuesta no había sonado de lo más convencedor y las manos ya me empezaban a sudar helado. Las pisadas se acercaban cada vez más y mientras más fuerte sonaban, mi respiración se hacía un poco más rápida. En esos momentos, se me pasaron por la cabeza todas las comodidades de mi casa, la seguridad de un techo y la confianza que me entregan mis padres de que todo está funcionando de lo mejor y que no hay nada de que preocuparse. Aquí no existía más que el recuerdo y la distancia, de que allá a muchas horas de Chacao, todo funcionaba perfectamente. Todo estaba más seguro en mi pieza, en mi cama, en aquella maldita monotonía de la cual me estaba escapando. Creo que me maldije y me reproché un millón de veces en solo una fracción de segundo. Cuando uno tiene miedo los minutos se transforman mágicamente en horas y es uno de los suplicios mentales más grandes que podemos tener los seres humanos.
Los ruidos seguían y mi compañero ya me estaba pegando en el brazo para que hiciera algo. Sin hacer ningún movimiento brusco comencé a tantear con la mano temblorosa el suelo para encontrar la linterna. El ruido de ella, al haberla encontrado, gatilló que los dos rápidamente nos levantáramos. Una vez de pie, iluminé el exterior por las ventanas de la carpa. No había nada.
Pasó un rato y siguieron los ruidos, tratamos de darle alguna explicación lógica, como la de que el viento estaba golpeando algo. Esa respuesta en cada silencio se hacía creíble, para así poder consolarnos, pero al más leve ruido perdía toda su validez. Ninguno de los dos quería salir de la carpa, nos aguantábamos las ganas de ir a hacer nuestras necesidades por el miedo a encontrarnos frente a frente con la cosa que estaba afuera.
Los ruidos continuaron toda la noche y ninguno de los dos pudo cerrar un ojo. De vez en cuando nos levantábamos a iluminar el vacío del bosque o la lúgubre soledad del cementerio. Por más que intentáramos sorprender a lo que estaba afuera, en cuanto la luz se prendía, todo quedaba en completo orden. Iluminamos toda la noche, con el miedo de que algo apareciera, pero a la vez con la tranquilidad de que no había nada que pudiera dejarnos con un trauma por el resto de nuestras vidas. Rogamos para que las pilas de la linterna no se acabaran, la dejamos prendida toda la noche. Los ruidos con eso no cesaron, alumbramos la oscuridad, pero nada apareció o se movió.
Y así fue el panorama de esa noche, este verano mochileando en Chacao. La noche donde pasé más miedo en toda mi vida.
